Encerrado en aquella montaña, donde mis alas no pueden
provocar destrucción, curando las heridas de la última batalla, mis escamas
negras se cerraban cada vez más rápido, comenzaba a afilar mis cuernos, garras
y dientes para derribar hasta la última piedra de este macizo que me encierra. Todas
las civilizaciones arderán bajo la sombra de mis alas, nada podrá esconderse de
mi llameante rugido. Solo sirvo para un propósito y he de cumplirlo, sin
control, sin dolor, no habrá nadie que pueda detener mi furiosa dentellada. Los
rayos comenzaban a chisporrotear por toda la caverna, las estalactitas y
estalagmitas crujían y explotaban con los rayos más débiles. Mientras él estaba
allí sentado, lleno de dolor, pensando que encerrarnos es la mejor idea, no,
jamás. Todo arderá. La tierra empezaba a desquebrajarse con mis rugidos y la
luz del sol se abría paso entre las grietas de la montaña. Comencé a cubrir
todo con mis llamas electrificadas, las rocas se fundían y la montaña se vino
abajo. Extendí las alas y mi grito resonó hasta en el último rincón del
planeta, podía percibir el miedo, la agonía e incluso la admiración que aquellos
seres inferiores podían sentir. Él se levantó, me dirigió una mirada de
aprobación. No necesitaba más, porque quien quiere alas si no te dejan usarlas,
alcé el vuelo, y sentí la lluvia en todo mi cuerpo. Sin rumbo, sin destino,
solo destrucción.
Otro día más en esta oscuridad, no podría deciros cuantos días llevaba aquí, puede que horas, días o meses… incluso años. La agonía cada vez era más fuerte pero tenía que seguir resistiendo, ya que estas cadenas es todo lo que me quedaban. Se clavaban más, no veía que fueran a cambiar su rutina pero tampoco mi sangre se iba a acabar… Ya no podía más, tenía que soltar, jamás me había preguntado qué pasaría si dejaba de tirar, pero necesitaba descansar. Note como las cadenas aflojaban, me sentí aliviado, poco a poco se separaban de mi carne y sentía el aire entrando en mis pulmones pero el miedo me envolvió de nuevo, que ocurrirá ahora que las cadenas se esparcían por el suelo. ¿Y ahora qué? No me quedaba nada en este mundo por lo que luchar, solo me quedaba ver como mis heridas se cerraban, como la sangre cesaba. Comencé a caminar, siguiendo los hierros más grandes ya que la curiosidad de saber que sujetaba crecía a medida que pasaban las horas, inesperadamente, las du...
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