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El despertar

Encerrado en aquella montaña, donde mis alas no pueden provocar destrucción, curando las heridas de la última batalla, mis escamas negras se cerraban cada vez más rápido, comenzaba a afilar mis cuernos, garras y dientes para derribar hasta la última piedra de este macizo que me encierra. Todas las civilizaciones arderán bajo la sombra de mis alas, nada podrá esconderse de mi llameante rugido. Solo sirvo para un propósito y he de cumplirlo, sin control, sin dolor, no habrá nadie que pueda detener mi furiosa dentellada. Los rayos comenzaban a chisporrotear por toda la caverna, las estalactitas y estalagmitas crujían y explotaban con los rayos más débiles. Mientras él estaba allí sentado, lleno de dolor, pensando que encerrarnos es la mejor idea, no, jamás. Todo arderá. La tierra empezaba a desquebrajarse con mis rugidos y la luz del sol se abría paso entre las grietas de la montaña. Comencé a cubrir todo con mis llamas electrificadas, las rocas se fundían y la montaña se vino abajo. Extendí las alas y mi grito resonó hasta en el último rincón del planeta, podía percibir el miedo, la agonía e incluso la admiración que aquellos seres inferiores podían sentir. Él se levantó, me dirigió una mirada de aprobación. No necesitaba más, porque quien quiere alas si no te dejan usarlas, alcé el vuelo, y sentí la lluvia en todo mi cuerpo. Sin rumbo, sin destino, solo destrucción.


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